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NEGAMOS NUESTRA PROPRIA EXISTENCIA + CONTROL MENTAL: EL TERRIBLE CASO DEL SUECO ROBERT NAESLUND

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“NEGAMOS NUESTRA PROPIA EXISTENCIA”

NOTA: el terrible caso del Sueco Robert Naeslund  se encuentra más abajo.

Control Mental en USA

Por SCOTT CORRALES.

Publicado en Arcana Mundi Nº 7 .

Si no fuera tan alarmante, sería motivo de risa. El sombrero ostentaba un logotipo bastante simpático, la silueta de una cabeza humana abierta con bisagras, dejando ver una antena de microondas. Debajo del dibujo figuraba la siguiente leyenda: “We deny our own existence” (negamos nuestra propia existencia) angustioso detalle de una agencia de inteligencia tan secreta que sus integrantes no temen imprimir su emblema y dejarlo, a modo de tarjeta de visita, en el asiento trasero del coche de una de sus víctimas, una mujer hostigada por el incesante bombardeo de microondas de origen desconocido.

¿Verdad apremiante o producto de mentes delirantes? ¿Resulta posible controlar el comportamiento humano a distancia mediante el uso de microondas o dispositivos implantados en el cuerpo de la víctima? Los estamentos oficiales niegan la existencia de semejante tecnología, tachando a las víctimas del control mental o del hostigamiento electrónico de conspiranoicos o chiflados. Tampoco es que se trate de un fenómeno Made in USA, ya que se conocen casos mundialmente. En el Gran Bretaña, los medios se hicieron eco de las reclamaciones de Regina Cullen, una mujer cuyas experiencias con el mundo de la criptoelectrónica comenzaron cuando ofendió a un fontanero —francmasón, según ella— que había hecho un mal trabajo en su casa.

Para poder ingresar en el tenebroso país de las maravillas del control mental, resulta necesario dejar atrás cualquier concepto previo que podamos tener sobre el estado actual de la tecnología o la falta de miramientos que pueda tener un gobierno hacia sus ciudadanos…

El hombre del subfusil

La vida del estudiante universitario —reflejada en los productos de Hollywood como una interminable fiesta llena de bebidas y aventuras sexuales— tiene su lado menos atractivo, que consiste en las duras noches de estudio y la preocupación por aprobar el curso. Para algunos esta preocupación resulta en trastornos emocionales que pueden llevar a las crisis nerviosas o hasta el suicidio, pero… ¿fue esto lo que sucedió en Montreal en 1989?
El 6 de diciembre de ese año quedó grabado en sangre de manera inolvidable para los habitantes de la más europea de las ciudades de América del Norte. A las 17:10 horas del fatídico día, un hombre —posteriormente identificado como Marc Lepine— irrumpió en la Ecole Polytechnique de Montreal portando un rifle semiautomático con la misión que le había sido encargada por los demonios de su mente: matar cuantas mujeres como fuese posible.

En un estilo metódico y frío que no volvería a verse sino hasta una década después en las aulas de Columbine, Lepine deambuló por la cafetería del instituto, las aulas y los pasillos, perdonando la vida de los varones —ya fuesen estudiantes o docentes— y abriendo fuego contra las féminas que cruzaban su paso. Catorce estudiantes perdieron la vida en menos de veinte minutos por el delito de ser mujeres; otras doce quedaron heridas, con sus vidas cambiadas para siempre.

Marc Lepine portaba una nota de suicidio en el bolsillo de su cazadora, señalando al feminismo como la raíz de todos sus problemas personales, y señalando más de una docena de funcionarias notables del gobierno de Quebec como el objeto de su venganza. El jefe de la brigada de investigaciones criminales de esa provincia, Jacques Duchesneau, se negó a divulgar los nombres de las mujeres seleccionadas por Lepine, pero comentó que “[Lepine] lo había hecho por razones políticas. Dijo que las feministas le habían arruinado la vida y que en la vida no le había ido bien, especialmente en los últimos siete años. Dijo que el ejército canadiense le había rechazado por su bajo índice de sociabilidad…”.
Las autoridades determinaron asimismo que Lepine no tenía vínculo alguno con la politécnica, pero que parecía tener un conocimiento cabal de la instalación y sus salones. Lepine, según las autoridades, disparó contra su primera víctima en un pasillo antes de entrar en un salón de clases y mandar a los hombres y mujeres a pararse contra paredes opuestas. Aquellos que pensaron que se trataba de una broma por parte del hombre armado y vestido de cazador se dieron cuenta de su seriedad tras el primer disparo; Lepine mató a seis mujeres en el salón y salió tranquilamente, encaminándose a la cafetería, donde mató tres mujeres más. Subió al tercer piso para proseguir su cacería humana, ultimando cuatro estudiantes más en su salón de clase. Después de esto, Lepine puso fin a su existencia con el mismo rifle.
Mientras que la prensa canadiense se llenaba de notas que deploraban la matanza de las jóvenes estudiantes y el caos de la sociedad actual, otros periodistas se dieron a la labor de investigar un aspecto siniestro: ¿qué había de cierto sobre la existencia de vínculos entre la CIA y Marc Lepine?

Los periodistas Greg Watson y Jack Aubry del rotativo Toronto Star, con fecha del 7 y 8 de febrero de 1990, trazaron la compleja y fascinante madeja de la vida de Lepine, hijo de Liass Gharbi, un algeriano al servicio de la desparecida Investor Overseas Services, empresa que pudo haber sido utilizada en la década de los ’60 por la CIA para financiar sus actividades secretas. El tío de Lepine había pertenecido a una estructura militar de élite dentro de las fuerzas canadienses y supuestamente lo había adiestrado en el manejo de las armas de fuego. Los periodistas también dieron con una conexión más tenebrosa y directa con el oscuro mundo de los servicios de inteligencia: un “padrastro” que entró en la vida del joven Lepine a sus 14 años de edad por medio de la reconocida organización Big Brothers Association (asociación estadounidense cuyas miras consisten en proporcionar figuras serias y responsables en las vidas de jóvenes huérfanos). Este desconocido, cuyo nombre ni paradero pudieron ser establecidos por los periodistas Watson y Aubry, supuestamente contaba con un “trasfondo extenso en el uso y diseño de aparatos electrónicos” y había regresado a Europa repentinamente, sin dejar rastro de su existencia.
El investigador George C. Andrews, con base a estos datos, sugirió la posibilidad de que el misterioso “padrastro” fuera responsable de haber iniciado el acondicionamiento mental del joven Lepine (cuyo verdadero nombre era Gamil Gharbi) mediante sesiones de hipnosis y el uso de dispositivos de electrónica avanzada: la técnica de control mental conocida por las terribles siglas RHIC-EDOM (Radio Hypnotic Intracerebral Control – Electronic Disolution of Memory, o control intracerebral radiohipnótico con disolución electrónica de la memoria).
“RHIC-EDOM,” explica Andrews, “es capaz de programar a un individuo para realizar acciones como un asesinato mientras que a la vez borra todo el recuerdo del evento, así como el acondicionamiento mental que tomó lugar.” Andrews señala que el hecho de que la nota de suicidio de Lepine rezase: “Voy a morir el 6 de diciembre de 1989” refleja el acondicionamiento del sujeto con las técnicas de RHIC-EDOM.
RHIC-EDOM, digna de las más rabiosas películas de ciencia-ficción, apareció por primera vez como un documento preparado por la CIA justo después del asesinato del presidente Kennedy en 1963. El informe —de 350 páginas de extensión— explicaba la manera en que un ser humano podía ser convertido en un robot electrónicamente controlado y capaz de matar por demanda. Durante la fase RHIC, el individuo entraría en estado de trance y recibiría las sugerencias que serían activadas por ciertas palabras, tonalidades, o hasta colores. En la fase EDOM del acondicionamiento, sin embargo, la interferencia electrónica con el cerebro humano causaría que los niveles de acetilcolina presentes en la corteza cerebral produjeran una especie de “estática” capaz de bloquear tanto el sentido de la vista como el del oído. Resulta igualmente posible hacer obstruir o borrar recuerdos, o hacer que el sujeto del experimento sienta que un evento haya tomado lugar mucho después de que se haya producido en realidad.
Por más que pueda escandalizarnos la inhumana frialdad de cualquier servicio de inteligencia capaz de desarrollar semejantes técnicas, debemos preguntarnos: ¿por qué Lepine? Y ¿de qué le servía a la CIA matar a las ciudadanas de un país no sólo amigo, sino vecino? Recordemos que ese mismo año se había producido una matanza igual de atroz en una guardería infantil en Stockton, California (17 de enero de 1989) por Patrick Hurdy, otro “loco” armado de subfusil. Algunos conspiranoicos opinaron que la muerte de inocentes en ambos lados del continente tenía por mira hacer que el público reclamara a los políticos una prohibición total de las armas automáticas, lo que sólo se conseguiría a través de una suspensión total de las garantías civiles, resultando en una dictadura derechista norteamericana… todo en aras de la “seguridad nacional”, que ha sido pretexto para toda suerte de actividades ilegales y herramienta para acondicionar la opinión pública.

Tal vez esta sea la finalidad en América del Norte, pero ¿podemos decir lo mismo de casos en otras partes del planeta?

Electrodos en Suecia

Uno de los casos más tristes y desesperantes de control mental es el del sueco Robert Naeslund, quien se presentó en el hospital Soder de Estocolmo a fines de la década de los ’60 para una cirugía ordinaria que acabaría arruinando su vida: sin su permiso, el cirujano Curt Strand insertó un pequeño objeto denominado “transmisor cerebral” en su cabeza a través de la fosa nasal derecha. No fue sino hasta 1983 que el sueco encontró a un profesional de la medicina interesado en ayudarlo y revisar las radiografías que claramente mostraban la presencia de cuerpos extraños en su cabeza. El profesor P.A. Lindstrom de la Universidad de California en San Diego escribió lo siguiente: “Sólo soy capaz de confirmar que algunos cuerpos extraños, casi seguramente transmisores cerebrales, han sido implantados en la base de su cerebro y en el cráneo. En mi opinión, no existe excusa alguna para tales implantes.” El galeno pasó a asociar estas estructuras con RHIC-EDOM y con ESB, la estimulación electrónica del cerebro que incluye la telemetría cerebral, o control mental absoluto.

Pero obtener la confirmación de un experto —y posteriormente diez más— y hallar un cirujano dispuesto a extraer los implantes eran dos cosas muy distintas. Naeslund se vio obligado a desplazarse hasta Indonesia, donde un médico de la ciudad de Djakarta —el profesor Hendayo— examinó las radiografías y programó la intervención quirúrgica para el 11 de agosto de 1987.

Pero algo muy raro había sucedido entre la entrevista inicial con el cirujano y el día en que se practicaría la extracción de los implantes: Hendayo, inicialmente compasivo y bondadoso, se había tornado irritable y tenso. Informó a su paciente que “había surgido un imprevisto” y que lo mejor sería aplazar la cirugía. Naeslund se negó rotundamente, insistiendo en que el galeno realizara el procedimiento. El profesor Hendayo accedió de mala gana y un enfermero administró la anestesia al paciente.

“A mitad de la intervención”, escribió Naeslund en carta al primer ministro sueco Carl Bildt, “me desperté con un terrible dolor de cabeza. Mis brazos y piernas estaban sujetados con correas… experimenté la sensación de que mi cabeza estaba a punto de estallar. El dolor me hizo gritar y traté de soltarme de las correas, pero el dolor y el shock me hicieron desfallecer. Lo próximo que recuerdo es que eran las 2 de la madrugada y que habían transcurrido 18 horas desde la operación”.

Pero algo más terrible aún aguardaba al implantado: a pesar del terrible suplicio, los implantes seguían en su lugar como siempre. El médico indonesio le dijo, sin inmutarse, que la policía secreta de su país había tomado cartas en el asunto. “Usted debió haber seguido mi consejo y pospuesto la cirugía para otro momento.”

Naeslund descubrió —horrorizado— que el servicio secreto sueco (SAPO, por sus siglas suecas) parecía haber seguido sus pasos mediante la telemetría mental hasta Djakarta, avisando a la estación local de la CIA a intervenir en el proceso. A raíz de esto, el desventurado Naeslund regresó a Escandinavia para dedicarse a investigar la participación de los servicios de inteligencia en el mundo del control mental: se encontraría con que la SAPO se valía de ciudadanos inocentes para programas de investigación a largo plazo desde sus emplazamientos en Tjädergarden, justo a las afueras de la ciudad de Sundsvall. Dichos experimentos tenían que ver con el uso de armas electromagnéticas y su efecto sobre la mente y el cuerpo humano. Naeslund acabaría por formar una entidad dedicada a luchar contra el control mental, la International Network Against Mind Control.

Ossian Andersson figuró entre estos cobayas humanos. En carta al gobierno de su país, Andersson se quejó de que el bombardeo de radiación ultrasónica al que se le había sometido le producía jaqueca constante, mareos, pérdida de la orientación y trastornos de la vista, así como degeneración de la inteligencia con trastorno de la circulación. “Las armas acústicas”, señaló el señor Andersson, “no causan lesiones, sino que transmiten una desorientación nebulosa capaz de alterar las actividades organizadas del individuo. Estas armas funcionan mediante la creación del caos en la vida de la víctima.” En 1984, el periodista Edward Kelley, extranjero afincado en Suecia desde los ’70, contrajo una enfermedad sumamente extraña después de haber solicitado información del Ministerio de Salud y Seguridad Social acerca de la experimentación con pacientes. Una semana después de haber realizado la petición, Kelly sufrió fuertes dolores en la espalda que le impedían salir de la cama; sus amigos observaron fenómenos extraños en el piso que ocupaba el periodista en Estocolmo. Documentos engrapados a las paredes se rizaban y caían, y posters adheridos con cinta adhesiva se caían por su propio peso. El gato del periodista se rehusaba a entrar en el cuarto de su amo. En menos de un año, Kelly moría en su país adoptivo de un cáncer fulminante. Curiosamente, la muerte del periodista se produciría en el hospital Karolinska de Estocolmo, donde desde 1946 se venía practicando la trepanación de pacientes, sin su consentimiento, para insertarles electrodos que les esclavizarían a un receptor central mediante ondas de radio. Se sabe que la implantación de transmisores en este centro médico prosiguió hasta bien entrada la década de los ‘70, cuando una mujer recibió un implante justo por debajo de la sien izquierda. Las radiografías muestran manchas oscuras que sugieren la reducción en el nivel de oxígeno al cerebro debido a las ondas radiales.
La turbulenta década de los ’70, dominada por la guerra de Vietnam y la crisis petrolera, también fue conocida por las rebeliones universitarias en casi todos los países del mundo. El dirigente de un sindicato universitario turco, Yaggi Haci Omar, tras de encabezar múltiples manifestaciones contra el gobierno de su país en pro de los derechos humanos, se vio obligado a huir de Turquía y solicitar asilo en Suecia. A diferencia de Francia, que siempre ha acogido a los refugiados políticos, los servicios de inteligencia suecos parecen no haber estado de acuerdo con la presencia de Omar en su tierra. Según el libro Cybergods (Gruppen, 1998), a los pocos meses de estar en la nación escandinava, el activista turco comenzó a sentir una especie de señal de radio dentro de su cráneo. El extraño fenómeno comenzó a intensificarse y no tardó en poder escuchar voces que le hablaban de forma inteligible, haciendo comentarios sobre cualquier actividad realizada por Omar. Aterrorizado por la experiencia, el activista estudiantil fue conminado por las voces a suicidarse, arrojándose por la ventana de un cuarto piso. Gravemente lesionado, Omar fue trasladado al psiquiátrico de Ullerakers, donde se le administraron poderosas drogas psicoactivas antes de ser sometido a una lobotomía láser que alteró su personalidad totalmente. Según el libro, expertos de una empresa electrónica sueca sometieron a Omar a una prueba con un analizador espectroscópico, comprobando que el sujeto tenía una longitud de onda de 38 kilohercios operando dentro de su cerebro a una potencia de diez microvoltios. “Mediante esta técnica”, explican los autores de Cybergods, “el asesinato puede cobrar el aspecto de un suicidio, y personas educadas e inteligentes pueden transformarse en esquizofrénicos paranoicos”.
John Lambros, ciudadano estadounidense encarcelado en Brasil, informó a la revista norteamericana MIM (octubre de 1994) que la policía brasileña lo había implantado con “material radiotransmisor”. Lambros afirma haber sido víctima de tortura durante los trece meses que permaneció encarcelado hasta su extradición. La policía federal en Brasilia, arguye Lambros, había colocado implantes biomédicos dentro de su cuerpo que pueden verse en las radiografías de su oído derecho.

Pero el hostigamiento por microondas y dispositivos electrónicos no existe sólo en los países de occidente. En Japón se comienza a crear conciencia sobre los llamados “crímenes de ondas eléctricas” o EWC. Dada la reserva de la sociedad japonesa por regla general, los que han salido a la luz pública revelan la existencia de una situación muy parecida a las de occidente: dolores de cabeza, dolores musculares, intercepción del pensamiento y otros daños psíquicos. La policía japonesa se ha negado a reconocer la existencia del EWC, sugiriendo que las experiencias son resultado de trastornos psiquiátricos y no de tecnología avanzada. Por el momento se sabe de la existencia de dos colectivos de víctimas del acoso electrónico: uno de ellos bajo el nombre de “Panawave Lab” y el otro “Testimonios de las víctimas de control mental japonés”, con seiscientos y doscientos miembros respectivamente.

Los japoneses que padecen el acoso electromagnético debaten el origen de su malestar. Algunos consideran que están siendo hostigados por ondas electromagnéticas o de tecnología escalar, ondas supersónicas o implantes operados por elementos de la policía secreta japonesa, pero muchos se han aventurado a sugerir que grupos religiosos (al estilo de Aum Shinrikkio) o hasta individuos con poder sobrenatural, puedan ser los responsables.
En nuestros tiempos resulta engorroso tener que realizar cirugías para implantar a las víctimas de la vigilancia por fuerzas extrañas. Lo verdaderamente “moderno” está personificado por el rifle ID SNIPER, que puede disparar un microchip GPS (sistema de posicionamiento global) a larga distancia contra cualquier individuo. El implante penetra en el cuerpo y la víctima piensa que le ha picado un mosquito. El progreso en estos asuntos es tristemente innegable…

El maravilloso mundo de las microondas

Pedro Albizu Campos, presidente del Partido Nacionalista Puertorriqueño y máximo exponente de la causa de la libertad para dicha isla caribeña, fue encarcelado por las autoridades norteamericanas por sus actividades políticas. Durante su encarcelamiento en la antigua prisión “La Princesa” en San Juan de Puerto Rico, Albizu se quejó de que los agentes del ejército de Estados Unidos, particularmente los del U.S. Navy, lo estaban agrediendo y quemando con “rayos electrónicos de bellos colores y gran precisión” que lo bañaban con lo que posiblemente era radiación nuclear, con el fin de causar un cáncer galopante que cegara la vida del adalid independentista.

Albizu padeció su primer ataque de microondas en febrero de 1951, perdiendo el conocimiento como resultado. Algunos meses después se produciría el segundo bombardeo, con los siguientes siete u ocho produciéndose entre 1951 y 1953. Albizu comenzó a protegerse la cabeza y el cuerpo con paños húmedos debido al intensísimo calor que sufría durante el ataque. Varios médicos, incluyendo el Dr. Orlando Damuy de la Asociación Cubana contra el Cáncer, tuvieron la oportunidad de examinar al paciente y diagnosticaron que las llagas que desfiguraban el cuerpo de Albizu eran producto de “radiaciones intensas”. Se comenta que cuando los galenos colocaron una presilla de metal con una película sobre el cuerpo del preso político, la película quedó totalmente irradiada.

Aunque la tecnología láser no existiría “oficialmente” por al menos una década más, la existencia de las microondas y sus posibles usos se remonta a 1945, cuando el técnico Percy Spencer descubrió accidentalmente que resultaba posible cocinar con ellas. La naturaleza potencialmente mortífera de estos rayos siempre ha representado una fuente de preocupación en Puerto Rico, máxime con la proliferación de enormes torres de microondas erigidas durante la última década por empresas de servicio telefónico celular y por los estamentos militares.

El opúsculo Contaminación Electromagnética y Lucha Comunitaria (San Juan: CILDES, 1997) por Manuel Muñiz Fernández, realiza la crónica de todos los esfuerzos realizados por la abrumadora y peligrosa presencia de las torres de transmisión de microondas en un entorno de espacio reducido como lo es Puerto Rico, detallando los efectos producidos sobre la salud humana por esta radiación. Se señalan los siguientes: destrucción / transformación por calentamiento del tejido biológico, adhesión de lentes de contacto a córneas, cataratas, cambios fisiológicos, cambios de conducta que pueden incluir fatiga, insomnio, cambios de memoria, jaquecas, estrés y cambios en los sistemas inmunológicos y reproductivos del cuerpo humano. Todos estos padecimientos serían la consecuencia de la exposición puramente accidental a fuertes concentraciones de microondas, pero ¿qué sucedería si dicha radiación fuese aplicada deliberadamente? Nos basta con leer el martirio de Pedro Albizu para ver las consecuencias.

El ejército estadounidense anunció en fechas recientes que se proponía hacer uso de “armas de microondas” en Irak como parte de su política de armas no letales contra civiles.

El periódico británico Daily Telegraph en su edición del 19 de septiembre de 2004 incluyó una nota por Tony Freinbert y Sean Rayment sobre el uso de estas armas de microondas o de “rayos electromagnéticos” adosadas a vehículos militares. Dice el texto: “Usando tecnología semejante a la que ya existe en los hornos de microondas convencionales, el haz de energía calienta las moléculas de agua dentro de la piel rápidamente, causando dolor intolerable y sensaciones de ardor. El rayo invisible penetra la piel a una profundidad inferior a un milímetro. Tan pronto como el objetivo se aparta del haz, el dolor desaparece…”. El trabajo de los periodistas británicos pasa a señalar que el Pentágono considera que la ausencia de efectos secundarios hace de los cañones de microondas “[armas] particularmente útiles en los conflictos urbanos. El haz puede utilizarse para dispersar multitudes en las que operan los insurgentes y en espacios confinados, tanto contra civiles como uniformados”.

La nota del Telegraph incluye las declaraciones de Rich García, portavoz del laboratorio de investigaciones de la fuerza aérea en Nuevo México, que afirma que el haz de microondas tiene un kilómetro de alcance y “te hace sentir que tu piel está ardiendo”. Los carros de combate que portarán los cañones de microondas (conocidos como ADS, Active Denial Systems) se denominan “Sheriffs” (comisarios) y seis de ellos entrarán en servicio en septiembre de 2005. Si su misión tiene éxito, el Pentágono piensa hacer uso de ellos en zonas de combate.

Pero estos “juguetes” no están reservados a las fuerzas armadas: entre las armas de microondas más diabólicas que existen en la actualidad figura el Rifle EMP, que incluye un magnetrón militar de microondas de cincuenta mil vatios y con alcance de trescientas yardas (274 m). Digno de las tropas imperiales de Star Wars, el Rifle EMP puede destruir microprocesadores, causar la ionización del aire o gases, borrar datos de cualquier ordenador, crear sonidos RF y averiar instrumentos de tecnología sólida. Sin embargo, se trata de algo perfectamente legal y obtenible por cualquier ciudadano que pueda pagar su costo.

El hecho de que el gobierno se exprese tan abiertamente sobre el tema y ofrezca detalles sobre el despliegue de estas armas nos lleva a pensar que los ataques de microondas a civiles —ya sea por razones de control mental u hostigamiento político— son perfectamente factibles y apoyan los espeluznantes relatos que nos brindan las víctimas de estas armas en distintas partes del planeta. Pero el uso de las microondas no acaba ahí…

Según la escritora Anna Keeler en su ensayo “Mind Control Technology”, las microondas, moduladas a frecuencias biológicas muy bajas, pueden interferir con las funciones neuroeléctricas, reduciendo el rendimiento del individuo, creando sensaciones de malestar físico o síndromes diversos, todo esto a intensidades por debajo de diez mil microvatios por centímetro cuadrado. Estos bajos niveles energéticos —si bien no aptos para el campo de batalla— son igualmente devastadores contra individuos, ya que pueden crearse trastornos cardíacos, sofocamiento y reacciones afectivas como excitación, tensión subliminal, sugestionabilidad y cambios en las ondas cerebrales: cosas que George Orwell jamás hubiera concebido en su distópica “1984”.

Y fue precisamente en 1984 que las mujeres responsables por las demostraciones pacíficas contra la presencia militar de EE.UU. en Inglaterra comenzaron a enfermarse.

El colectivo denominado Cruisewatch, acampado a la entrada de la base militar Greenhan Commons como protesta contra la presencia de los misiles crucero en las Islas Británicas, comenzó a experimentar sensaciones físicas extrañas en otoño de 1984, cuando las fuerzas militares y policíacas encargadas de mantener el orden se esfumaron repentinamente y una serie de antenas extrañas aparecieron repentinamente dentro del recinto militar. Kim Bealy, coordinadora de los padecimientos físicos sufridos por las activistas, señala que los malestares incluyeron parálisis repentina, trastornos del habla, desangramiento retinal y síntomas psicológicos que iban desde la pérdida de concentración hasta la pérdida de memoria.

¿Control mental no gubernamental?
Por repugnante que pueda parecernos el hecho de que un gobierno, ya sea de occidente o de oriente, haga uso de radiaciones para controlar a sus ciudadanos o afectar el comportamiento de los posibles enemigos del régimen, se trata de algo que hemos podido experimentar en la gran pantalla por muchas décadas, desde el “lavado cerebral” del Candidato Manchuriano interpretado por Frank Sinatra en el largometraje de 1968, hasta los conceptos de control mental expuestos en otras producciones como Johnny Mnemonic, The Lawnmower Man (1990) y Telefon (1977). Conscientes de lo que es capaz de hacer la cúpula política por mantener las riendas del poder, pasemos a examinar lo que significaría dicho poder en manos particulares.

Desde hace varios años se han escuchado quejas de víctimas del hostigamiento por microondas que sus victimarios no parecen ser agentes del gobierno ni agentes de fuerzas extranjeras, sino grupos privados interesados en hacer enloquecer a ciertos individuos.

“Cada vez que rezo o me siento a leer la Biblia”, explica Tannie Braziel, una abogada de ascendencia africana en Los Ángeles, California, “me gritan blasfemias a tal volumen que no me puedo concentrar. Gritan: ‘¡no queremos que nadie alabe a Dios!’, ‘¡Queremos que adores a Satanás!’, ‘¡Dios nos ha concedido su trono y nos ha endiosado!’” .

La señora Braziel es propietaria de un próspero bufete de abogados en la mayor de las urbes californianas, y considera que las voces que la hostigan no son transmitidas por el aire, sino por debajo de la tierra. El hostigamiento comenzó en 1991 y las voces corresponden a hombres que son capaces de vigilar todas sus acciones. Algunas de las voces, explica Braziel, corresponden a hombres de raza blanca y otras a varones de raza negra, que la plagan de insultos y vejámenes constantes, blasfemando contra Dios, Cristo y el Espíritu Santo. El hostigamiento no sólo ocurre en el hogar, sino en público, particularmente en el casillero de damas del gimnasio Bally’s en Hollwood.

“El aspecto más horrorizante de la intrusión de estos hombres en mi vida”, escribe la abogada Braziel, “es que son capaces de leer mi mente. Pueden articular mis pensamientos a la par que se me ocurren, sin importar cuán breve sea el pensamiento. Creo que estos sujetos se valen de alguna especie de rastreo satelital o actividad de barrido… a veces me dicen que ellos son de la policía y que me están brindando protección policíaca. A veces afirman ser ‘Dios’”.

Si estas afirmaciones proviniesen de cualquier otra persona que careciese del nivel cultural y la formación profesional de Tannie Braziel, la tacharíamos de esquizofrénica y le recetaríamos megadosis de diazepam. Pero la abogada Braziel no considera que los que la han atormentado por más de una década sean extraterrestres ni demonios: al contrario, piensa que su éxito como abogada afroamericana ha sido motivo de disgusto para la policía de Los Ángeles, cuyo racismo ha sido desplegado al público varias veces durante la década de los ’90 con la golpiza propinada al motorista Rodney King y las declaraciones racistas del policía Mark Fuhrman durante el juicio del exfutbolista O.J. Simpson.

”Estoy preocupada no sólo por mí, sino por otras personas de raza negra que puedan estar experimentando situaciones parecidas pero que no se atreven a buscar ayuda. Lo que es más, me preocupa que algunas personas hayan sufrido lesiones o hayan muerto tratando de evitar o eliminar estas intrusiones electrónicas en sus vidas…”.

Lo anterior representa tan sólo la muestra más breve de la información disponible sobre el control mental y el hostigamiento por microondas. Existen amplios dossiers llenos de casos trágicos e información sobre anteproyectos de ley para prohibir el bombardeo electromagnético o acerca de las armas y dispositivos de microondas más novedosos en el mercado. Al pueblo llano le quedan pocas opciones, aparte de evitar convertirse en blanco de un ataque de microondas motivado por sospechas gubernamentales o por envidias ajenas.

Pero existe un tenue rayo de esperanza: ya comienzan a aparecer empresas especializadas que se dedican no sólo a barrer casas y pisos para asegurarse de que estén libres de cualquier tipo de emanación electromagnética, sino para proteger al individuo contra la dominación y —¿por qué no?— la locura, a raíz del uso estas tecnologías.

Las empresas en cuestión ofrecen Contramedidas de Vigilancia Técnica (TSCM, por sus siglas en inglés) que intentan determinar si la víctima efectivamente está siendo hostigada por microondas o por otros medios. Entre estos medios se señala la protección contra “dispositivos dañinos de alta energía” cuya fuente puede localizarse fuera de una casa o condominio o dentro de la misma (a través de la modificación ilegal de un horno de microondas, por ejemplo, para dirigir mil doscientos vatios de energía contra el usuario). Entre los dispositivos más novedosos que representan una fuente de preocupación para los expertos en contramedidas figuran los cañones de radar empleados por los departamentos de policía para hacer valer los límites de velocidad en las carreteras. Estos cañones, por sencillos que puedan parecer, tienen una salida de potencia de hasta tres megavatios; un ciudadano puede obtenerlos en una tienda de electrónica o de abastos militares con consecuencias funestas, puesto que las pulsaciones de energía de estos aparatos pueden causar daño permanente o hasta la muerte de cualquier ser vivo. Utilizados por una mano experta, los radares pueden producir daño cerebral o averías en sistemas informáticos (para quienes deseen destruir el negocio de algún competidor).

 

Written by rudy2

May 11, 2011 at 12:14

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